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LA NOCHE DE REYES MAGOS

Para nosotros, los españoles, la Navidad tiene su broche de oro en la madrugada del 5 al 6 de enero. Esa es la noche de los Reyes Magos.

Para mí siempre fue el día más largo del año, ese que deseas que pase a toda prisa para que llegue la noche. En esa noche venían los Reyes Magos, que eran mágicos. Llegaban cuando ya te habías dormido y te dejaban regalos y juguetes. Como nunca sabías si habías sido los suficientemente bueno -y tú sabías a ciencia cierta que no- siempre te quedaba la duda de si los regalos serían aquellos que deseabas o, por el contrario, te mostrarían su enfado regalándote carbón. También estaba el gran reto de esperarlos despiertos para poder verlos a hurtadillas por el rabillo del ojo, aunque a mí me daba miedo porque no sabía cómo reaccionarían si me encontraban despierto. El caso es que debían ser muy sabios y debían saber cuándo estaba de verdad dormido, siempre me pillaban roncando. Todo fue así hasta los Reyes de 1962.

Nunca podré olvidarlo porque esa noche sí que los vi. Yo tenía un hermano mayor, Pedro. Pedro tenía cuatro años más y siempre presumía de que lo sabía todo. Él estaba convencido de que los Reyes Magos eran papá y mamá y nos decía en secreto, cuando los mayores no nos oían, que los Reyes Magos no existían. Para demostrarlo, nos retó a mi otro hermano mayor, Enrique, y a mí, a permanecer despiertos para sorprenderlos mientras colocaban los regalos. Siempre que Pedro nos proponía algo, nosotros, como éramos los pequeños, teníamos que aceptarlo para no quedar como gallinas ni chivatos. Y, sin embargo, yo sentía miedo por intentar transguedir una norma tan antigua como el niño Jesús. Como Enrique también se hacía el valiente, a mí no me quedaba otra que disimular mis temores. Así nos dispusimos a pasar la noche en vela para desvelar el secreto de la magia que hacía aparecer de la nada los regalos de la noche de Reyes en nuestro dormitorio.

Sin embargo, siempre he sido un dormilón redomado. Llegado un punto, los párpados se me cierran como si fueran de plomo y mi mente deja vagar mi espíritu en la libertad de los sueños. Esa noche me despertó un resplandor en el balcón del dormitorio. Vivíamos en una primera planta, con un balcón de doble hoja a la calle. Abrí los ojos a tiempo de ver a mi hermano Pedro agazapado hacia la puerta de entrada del dormitorio por donde esperaba ver llegar a mis padres. Sorprendido por la luz del balcón, se giró sobre sí mismo. Yo me llevé el embozo de la sábana hasta tapar mi nariz y atisbar con los ojos entornados por encima. Las puertas de balcón se abrieron y un Rey comenzó a entrar. Pedro dio un salto y se metió debajo de la cama. Enrique no se movía. Los tres quedamos en silencio. Yo no hubiera podido moverme aunque quisiera porque el miedo me tenía atenazado, ni siquiera me atrevía a respirar. Lentamente entró mientras una luz del exterior recortaba su silueta. Ya dentro, un paje le fue acercando desde el aire unos paquetes envueltos. El Rey Melchor, el de la barba rubia, los cogió uno a uno y los fue depositando a los pies de la cama. Por un momento temí que se diera cuenta de que lo que había debajo de las mantas de la cama de mi hermano Pedro era la almohada que él había puesto en su lugar para tratar de engañar a mis padres. Pero si se dio cuenta, no hizo ningún gesto extraño. Después, con mucha tranquilidad, tomó uno de los vasos de leche que dejábamos todos los años preparados y se lo pasó al paje que estaba fuera. Había una escalera apoyada en la barandilla del balcón. Tomó otro y lo bebió pausadamente. Depositó los vasos en el mismo lugar donde los había encontrado. Y sin otro ruido, se deslizó hacia el exterior cerrando tras de sí la doble hoja de la ventana. Al momento, la luz fue atenuándose hasta que regresó la noche. No se oía nada en la casa. Tampoco se oían los ronquidos de mi padre que tanto me tranquilizaban. No me atrevía a moverme, ni a hablar. No sabía dónde estaban mis hermanos ni que hacían. Unas risas sonaron en la calle, después el sonido del motor de una motocicleta. Rumores. ¿Estarían aún allí? En ese miedo me fui adormilando hasta que, no sé cuánto tiempo después, alguien encendió la luz del dormitorio. Enrique, subido a la cama, le había dado al interruptor. Pedro se arrastró de debajo de la cama. En su rostro tenía marcas de haber llorado y una mancha vergonzosa en el pantalón de su pijama. Recuerdo que se enfadó tanto que no quiso abrir sus regalos. Y nunca nunca volvió a hablarnos de los Reyes Magos.

Y es que con las cosas mágicas no hay que jugar. Todavía hoy les pido mis regalos a los Reyes Magos. Y este año me he acordado de todos vosotros, nuestros amigos de más allá del Atlántico. Así que les he pedido que os cuiden y que os lleven mucha salud y felicidad, y que si les quedáis demasiado lejos, que hablen con Papá Nöel para que, de su parte, os dé un abrazo fuerte.

VAMOS A MONTAR “EL BELÉN”.

La Navidad es una época cargada de tradiciones, y una de las costumbres más entrañables en nuestra infancia fue la de hacer el Belén. Montar el Belén marcaba en casa el inicio de las fiestas, un periodo de vacaciones, alegría compartida, juegos en la calle y una ilusión mantenida hasta los Reyes Magos en la madrugada del 5 de enero.

Montar el Belén era la excusa perfecta para entretenernos de niños cuando las vacaciones escolares nos convertían en estorbos traviesos en nuestros hogares. Solían enviarnos entonces con mis abuelos paternos. Mis abuelos vivían en una casa, en un barrio con calles de tierra donde se podía jugar al trompo o hacer agujeros para jugar a las canicas, también jugar al fútbol, pero entonces el ruido molestaba y las vecinas salían a protestar por miedo a que algún cristal acabara roto; pero no importaba porque nos íbamos a jugar al campillo que había detrás. Podías montar en bicicleta o irte al arroyo del Moro a pescar ranas, hacer collares de flores, cazar lagartijas, fabricar un arco o un tirachinas o un tirachinchetas con las gomas de bicicleta picadas que te regalaba Pedro, el del taller de bicis que había en la esquina. Creo que nos daba tiempo a hacer tantas cosas porque entonces no teníamos televisión. Cuando no tenías televisión, ni cine, ni ordenador, el tiempo era muy muy largo y podías hacer tantas tantas cosas que en un solo día podías vivir las aventuras de una vida. O quizá sea que entonces… era niño.

A través del Belén se canalizaban energías, pero sobre todo se transmitía una cultura ancestral y atávica con historias religiosas impregnadas de magia y de misterio: la odisea de San José, la Virgen María y el niño Jesús. Toda una historia que se iba relatando en esa metáfora visual de la que participábamos como niños y en la que, además, nos hacían sentir protagonistas.

La actividad y los nervios empezaban ya a principios de diciembre, hacia el día de la Inmaculada, patrona de España, que, al ser festivo nos solía proporcionar un buen puente que nos sabía a anticipo de las fiestas que se aproximaban. Nosotros montábamos el Belén en casa de mi tío Antonio, junto a la casa de mis abuelos, en la pared del fondo del cuarto de estar donde se arrinconaba una mesa sobre la que iríamos trabajando hasta completar el Belén. La tarea no se iniciaba en la casa, sino en el campo. Durante la primera excursión, todos los primos buscábamos troncos que nos sirvieran de fondo, algunas ramas y guijarros bonitos por su color o su forma. Todos los primos íbamos como en manada a la búsqueda del tesoro. Correteábamos ilusionados con nuestro hallazgo hasta mis tíos. Ellos los examinaban con mirada experta y los escogían o los rechazaban.
El siguiente paso consistía en preparar la base sobre la que iríamos colocando las figuras: se extendía un hule en la mesa y, sobre ella, una capa de serrín que hacía las veces de tierra o de arena. El rincón quedaba reservado para el tronco más grande, el más bonito, hueco. Ese era el que iba a hacer funciones de “portal”; los demás se distribuían en los laterales de forma irregular; ellos serían las colinas o las montañas escarpadas. De izquierda a derecha colocábamos una cinta de papel de plata que sujetábamos a tramos con guijarros y a tramos con serrín para formar pequeñas playas en los meandros. Después sacábamos de las cajas las figuras. Las nuestras eran de plástico policromado. También las había de barro, pero nuestro Belén tenía muchas piezas y hubiera sido muy caro. San José con su vara en la mano, la Virgen sentada, un pequeño pesebre, la figura sonriente de el Niño Jesús, la mula, el buey; y el ángel que, encima del portal, anunciaría la buena nueva, la noticia del nacimiento de Dios hecho humano entre los hombres.
A medida que las figuras iban encontrando su lugar, los niños, boquiabiertos, escuchábamos su historia: esa era la mula en la que llegaron José y María, nadie les dio posada, “¿Dónde ponemos la posada?”, y se colocaba en un lado del camino o en una colina con su puerta cerrada y el posadero asomándose a la ventana de la planta alta con un farol en su mano derecha, y se iba vistiendo de imágenes la historia. San José y María huían de Herodes que, cuando nació el niño, mandó matar a todos los recién nacidos, “¿Y dónde ponemos el castillo de Herodes?”, y allí quedaba el castillo de Herodes con sus torres de corcho y sus dos centinelas romanos. Hacía tanto frío que cuando nació el niño, San José decidió colocar junto al pequeño pesebre al buey y la mula. “¡Ahhh!”, por eso hay que ponerlos a los pies del niño, sus hocicos orientados hacia sus pequeños pies para que no se hielen. Y Dios mandó a sus ángeles a anunciar el nacimiento de Jesús: y los ángeles iban apareciendo, primero sobre el portal, luego en los pequeños campamentos de pastores dispersos por el belén reunidos en torno a una fogata donde, normalmente, un caldero anunciaba la humeante cena. Allí, en medio, quedaban suspendidos con su alambre y sus brazos extendidos. Los ángeles siempre tenían los brazos abiertos, sonreían, un halo dorado o blanco rodeaba su cabeza y la mano derecha estaba semicerrada y algo adelantada, como si estuvieran impartiendo una bendición. El ángel que más me gustaba era el que iba encima del portal porque era más grande y tenía las alas más largas.

Después hacíamos el camino sobre el serrín, algo serpenteante, con un carrete vacío de hilo. Sobre él íbamos colocando pastores: unos con las manos vacías, otros llevando cestos con huevos, con verduras, otros con corderillos al hombro. No podían faltar el tamborilero y el flautista. Todos se dirigían al portal a adorar al niño, como decía el villancico que invariablemente canturreábamos mientras los situábamos en el camino con sus presentes. Y de oriente, guiados por una estrella -“¿Dónde está la estrella? ¿Y dónde la ponemos? Ven aquí, yo te sujeto”, y la estrella de plata de larga cola quedaba sujeta a la cortina de fondo que hacía las veces de cielo-, llegaron tres Reyes Magos que se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Y entonces había que sacar a los tres reyes con sus pajes y sus caballos. Teníamos entonces caballos y no camellos y, además, los Reyes podían descabalgarse, pero entonces se quedaban con las piernas como entre paréntesis en una actitud impropia de un rey, y a mí no me gustaba. Sacábamos el puente, lo situábamos sobre el río enfrente del portal y colocábamos en orden los tres reyes: primero Melchor, el de la barba blanca; después, Gaspar, el de la barba rubia; y, por último, mi favorito, Baltasar, el más exótico porque venía de un lugar donde la gente era negra y aquello debía estar muy lejos muy lejos y ser maravillosamente extraño -todavía no me habían inundado los prejuicios de los miedos de las primeras películas de Tarzán-.

Ahora que lo esencial estaba planteado, teníamos que volver al campo a recoger piñas, madroños y verdina. La verdina había que dejarla siempre para el final porque si no, se secaba, se ponía marrón y ya no quedaba bonita. Las piñas no eran para el Belén, las usabamos para adornar la mesa y luego comernos los piñones. Ya de vuelta en casa, se empezaba por plantear los cables con las bombillas para la iluminación. Eran cables largos con muchas bombillas de colores verde, amarillas, rojas, azules… Había primero que desenredarlos y comprobar que funcionaran. Luego se presentaban sobre el Belén haciendo coincidir las bombillitas con casas, ventanas, hogueras, fragua… y hasta en los pozos. Una vez presentados, había que camuflarlos, así que íbamos moviendo las figuras ya colocadas para pisar los cables, enterrarlos con el serrín, ocultarlos con los guijarros… hasta que quedaba perfectamente disimulado. Después le dábamos el toque final situando las ramas de madroño en la pared como adorno y usando la verdina para crear pequeñas praderas de césped.
Ya solo nos faltaba distribuir el resto de las figuras para ir creando la ilusión de un pueblo: las lavanderas en el río, el herrero golpeando en su fragua, los panaderos sacando pan del horno encendido, el agricultor con su arado -los surcos los hacíamos con un peine y quedaban de maravilla-, los rebaños de cabras, las piaras de cerdos, los patos, las ocas y los cisnes en el río nadando bajo el puente -ese río no entendía de corrientes-, la noria… En fin, todo un mundo de fantasía donde volcar la imaginación de un niño.
Ya estaba. Faltaba la puesta de largo. Ese convocar a la familia para que vieran nuestro Belén. Los niños los arrastrábamos hasta él en un día señalado. Lo tapábamos con la complicidad de mi tía Fali y se lo descubríamos con las luces encendidas. Invariablemente decían “Ohhhh, qué bonito” y nos sentíamos orgullosos de nuestro esfuerzo, de haber creado algo bonito y de haberles podido ofrecer nuestro belén.
Sacábamos al niño Jesús del pesebre, porque no nacería hasta el día 24, mi tía lo guardaba. Luego, el 24 de diciembre, a las 12 de la noche, antes de ir a la Misa del Gallo, lo colocaríamos en el portal.
Había empezado la Navidad. Olía a castañas asadas y a frío. A humo de chimenea, a leña de encina y olivo. Olía a anís y coñac. Olía a tabaco y mantecado. Olía a risa y sonaba a villancicos y felicidad.
Así era nuestro Belén.

Feliz Navidad 2011

José Carlos Aranda Aguilar

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